UN RECORRIDO POR EL ESPACIO PUBICO
X. Andrade
La invitación me fue realizada como si de asistir a un “huasipichana” se tratara, y me la he tomado con la seriedad que el compromiso que un acto de limpieza de las bases de una casa –como en la tradición andina– demanda. Por supuesto, son solamente mis palabras en el catálogo de la exhibición las que quedan de un intercambio redistributivo que, entre las comunidades de montaña en Los Andes, moviliza lazos sociales y de parentesco factuales o ficticios. Y ciertamente estos últimos, como en este caso al sentirme cercano a las prácticas artísticas, me movieron a recorrer las habitaciones de un entorno virtual compuesto por los intercambios entre artistas ecuatorianos y brasileños sostenidos durante 7 meses. Hay dos lecturas que me sugiere este proyecto, una desde el arte contemporáneo y otra desde la antropologia.
La mirada desde el arte contemporáneo no entraña misterios: el fomento de dinámicas de intercambio y flujos de información entre artistas situados en locaciones aparte conforma un modus operandi que, en la actualidad, se encuentra ampliamente establecido y es facilitado enormemente por el uso de plataformas de internet. Ellas son particularmente útiles para crear archivos de documentación gráfica y audiovisual en general. En este contexto, Huasipichay ejemplifica este tipo de uso, y las limitaciones y posibilidades de diálogo mediante dispositivos de esa suerte. Hay que recordar al respecto que la red no constituye un sistema dialógico per se, y que cada proyecto o plataforma artística virtual, por lo tanto, está supeditada a las lógicas de intercambio que logre establecer. Entre las demandas por transparencia metodológica, el interés por la documentación, y el seguimiento al diálogo creativo, el blog creado para el efecto cumple los objetivos, dejando pistas para trazar los antecedentes de los artistas y su participación efectiva en este proyecto. Aquí se atestiguan retratos del entorno casero de acuerdo a lo que cada cual de los involucrados subraya. El legado construido parte de lo obvio, esto es desde registros tomados desde la dimensión espacial física: las fotografías del taller, el paisaje natural y social atisbado desde una ventana, la decoración interior, o el grafiti en una casa comunitaria. Otro nivel, más liberado del autoritarismo de la geografía inmediata, da cuenta de las percepciones sobre la conexión entre espacio y el tiempo, Allí, emergen dibujos y vídeos cuya preocupación por el devenir de lo material y de la naturaleza o –como en documentales realizados desde un auto– por el destino del propio sentido del hogar. Tales artefactos alimentan en su conjunto una reinterpretación radical de lo que es una casa en tanto locación de un ser y sus relaciones con el mundo.
La segunda mirada, desde la antropología, resulta particularmente útil en mi visita a estos habitáculos por consideraciones que tienen que ver, fundamentalmente, con dicotomías que, habiendo constituido parte esencial de la modernidad, se han visto colapsadas a la hora de describir la vida cotidiana en el capitalismo tardío. Ambos grupos de artistas, después de todo, habitan en ciudades latinoamericanas que, como en el resto del globo, han sido testigos de la privatización del espacio y la esfera pública gracias, entre otros factores, al poder mediático (poder del que, dicho sea de paso, la internet no necesariamente escapa, lo cual hace a este tipo de intervenciones virtuales particularmente problemáticas). Al partir de un concepto como el de “casa”, el proyecto remite directamente a las significaciones sobre lo privado, mientras que el quehacer de los artistas revela las tensiones sobre dicho efecto automático. El hogar que habitan está informado mayormente por una definición del entorno que problematiza el sentido de individualidad y recupera el plano de lo relacional: ni el paisaje natural y construido, ni el tiempo existen por fuera de alguna forma de apropiación social, muchas veces mediada por una tecnología de representación visual específica. Por ello, el tiempo, además, intenta ser captado desde su carácter de ruina hasta su aparición como presente, tenue y eterno, inaprensible en sentido estricto y, por tanto, relegado, en el mejor de los casos, a una huella dentro de un archivo de documentación.
Si la privatización del espacio público significa, por un lado, su concesión a intereses particulares o corporativos, por otro, la privatización de la esfera pública se expresa en la colusión resultante de la proyección de lo íntimo hacia ella. La intimidad es espectacularizada. Los ejemplos más evidentes de aquello son, obviamente, la proliferación de imágenes mediáticas sobre aspectos selectivos del día a día de los políticos y otras figuras públicas, y, la conversión de ciudadanos comunes en estrellas de reality shows. La estrategia que aúna estas dinámicas reposa en la apelación a narrativas sobre sexualidad y la construcción de una mirada mórbida sobre el espacio doméstico, o, para el caso que me ocupa, sobre la cotidianidad y como ésta informa la práctica artística. Allí, los registros de Huasipichay se mueven en una frontera muy frágil: entre la vitrina compuesta por fragmentos de vidas individuales cuyo epítome son formas de memorabilia personal, hasta la destrucción de una casa colectiva. Para que la mirada voyerista enarbolada como hegemónica en el posmodernismo no se quede en el impulso del escrutinio pormenorizado de la vida ajena –en este caso los fragmentos del espacio habitado y significado de los artistas en tanto individuos– se necesita, entonces, mirar a estas imágenes como huellas de un proceso, aquél que, ahora, acaba en la galería. En la traducción de las mismas desde un portal hasta un espacio convencional de exhibición, quedan, pues, múltiples preguntas sobre la vida social de estas imágenes, y sobre el espacio del diálogo en la construcción de todo el proyecto.
¿Qué resta, entonces, del concepto de “casa” para los artistas? Quedan los jardines interiores de la memoria, aquellos que resultan inasequibles para la mirada plana del poder voyerista: un reloj de sol, una video carta con pájaro en el alambrado, dibujos de ruinas y la destrucción del albergue, las confluencias entre especies botánicas azarosamente asociadas para dejarnos respirar de una selva minimalista nacida en un patio, las páginas de cuadernos escolares que recuerdan lo que apenas fuimos, las formas de medir el tiempo y el espacio. Aquellas que escapan, por la bendición del arte, a la rítmica privatizante. Aquellas que crean muchos espacios y muchos tiempos.
